jueves, 24 de noviembre de 2011

Una experiencia que, desde luego, vale la pena

Los cursos de Cooperación sobre el Terreno de la Asamblea de Cooperación por La Paz son, sin duda, recomendables para un amplio rango de personas y de conocimientos en temas relacionados a la cooperación al desarrollo. Desde estudiantes o trabajadores en cualquier campo con interés en tener un primer contacto con la cooperación al desarrollo, hasta profesionales de esta área. Es este diversidad de alumnos uno de los puntos fuertes del curso, pues se consiguen así unos debates tan completos, con tantas críticas e ideas procedentes de especialistas en diferentes áreas y tanta diversidad de opiniones que hacen replantear a cualquiera sus creencias y pensamientos iniciales.

En mi caso, participé en el curso de Cooperación sobre el Terreno en Guatemala y El Salvador durante el mes de agosto de 2011. A lo largo del mes no solo aprendí todas las etapas de un proyecto de cooperación y cómo se desarrollan (desde la localización de una problemática, como se diseña el proyecto y se ejecuta y su finalización) sino que también aprendí sobre la importancia de las relaciones con las entidades con las que se trabaja en el país en cuestión y me empapé de la historia, la cultura, la situación política y social de los países donde se realizó el curso en que participé. También me empapé de buenas relaciones y amistades con el resto de participantes del curso, procedentes de cualquier rincón de España. Se formó un grupo muy bueno, un gran equipo, donde todos valíamos lo mismo. Todos nos relacionábamos y trabajábamos con todos en un ambiente de trabajo idóneo para aprender y divertirse al mismo tiempo.

Son unos cursos donde por encima de los conocimientos teóricos y prácticos que sin duda va a aprender todo participante, se ofrece la oportunidad de involucrarse en las comunidades donde ACPP junto a las entidades locales desarrolla proyectos. Conversamos tanto con niñas como ancianos y conocimos así cómo es y cómo era la vida en estas comunidades. Conocimos de este modo la realidad que se vive en estos países y en estas comunidades más carentes de primera mano. Esto es una gran aportación personal para todos los participantes en los cursos de ACPP, que tienen la oportunidad de hablar abiertamente con mucha gente con unas características de vida muy distintas a las que tiene la mayoría en España. No me refiero únicamente a características tangibles como la infraestructura o los recursos económicos, o algo menos tangibles como acceso a la sanidad y educación, sino a valores y deseos. Se puede ver con sencillez el deseo humilde de “vivir bien” frente a la actitud depredadora de la mayor parte de la población de los países etiquetados por ellos mismos como países desarrollados de “vivir mejor”.

Desde luego estos cursos no dejan a nadie indiferente y sin duda, para todos los participantes, marca un antes y un después. Quiero animar a cualquier persona que tenga la oportunidad de participar en uno de estos cursos, sea en el país que sea, a que lo haga y viva de primera mano la experiencia. Desde luego vale la pena

Toni Camps participó en el curso de cooperación sobre el terreno en Guatemala y El Salvador este verano pasado.

Crecer un poquito cada día

Ya han pasado unos meses desde aquel primer encuentro en el aeropuerto de Madrid. Era la hora de las presentaciones y por fin, una vez reunidos el grupo entero, nos disponíamos a empezar la aventura con los sentimientos un tanto excitados.

Incluso desde la distancia que proporciona el tiempo, me es difícil explicar las primeras sensaciones con el grupo.

La mayoría no nos conocíamos más que por un par de correos de presentación y aun así nos envolvía un extraño halo de hermandad. Procedíamos de distintas regiones, con distintas formaciones y distinta franja de edad; pero nos unían las ganas de aprender, de conocer realidades con las que solo habíamos mantenido un relativo contacto a través de los ojos y los oídos de unos pocos.

Ese entusiasmo inicial no hizo más que crecer durante el viaje. Después de unas cuantas horas de avión y otras tantas de autocar habíamos llegado a nuestro primer destino en Guatemala. Allí se formalizó el inició del curso con una reunión más detallada sobre la metodología del curso, sus objetivos, etc., información que en gran medida ya sabíamos, pero que no por ese motivo perdía relevancia.

A lo largo de los primeros días el grupo se fue consolidando de una manera muy especial, sin perder su heterogeneidad, más bien, esta característica acrecentaba el interés del temario y los debates que surgían en torno a él. Todo se enfocaba desde distintos prismas y ganaba en profundidad. Del mismo modo que creció en nosotros el conocimiento del trabajo que llevan a cabo los cooperantes; que en un principio puede parecer sencillo hasta que te sumerges, aunque sea superficialmente, en sus labores y responsabilidades.

La teoría era más que correcta, pero lo que todos deseábamos era el contacto con la realidad, desplazarnos hasta las comunidades y comprobar el trabajo realizado. Trabajo que no siempre consistía en casas dignas y depósitos de abastecimiento, muy necesarios por cierto, sino que todos los proyectos se sustentaban en valores como la igualdad de género, el trabajo comunitario, la importancia del esfuerzo, la responsabilidad, etc., a partir de los cuales se trabajaban los aspectos puramente materiales.

Es gracias a estos contactos con sus diferentes realidades que te das cuenta lo fácil que es caer en el paternalismo y en reproducir la idea de que nos necesitan para ayudarlos, en definitiva, inocularles una idea de inferioridad. Por supuesto, también es gracias a estos contactos que te das cuenta del esfuerzo que supone una buena cooperación, una cooperación que capacite a los propios destinatarios para que puedan resolverse sus problemáticas, para que sean capaces de llevar una buena gestión de sus propias comunidades y, en definitiva, para que sean capaces de crecer con la máxima autonomía y autoestima posibles.

Los días pasaban y el curso tocaba a su fin, pero cada día era una nueva experiencia. Estuviéramos dando teoría, visitas a comunidades o a distintas autoridades, en Guatemala o en El Salvador, cada día cuando se acercaba la hora de irse a descansar asomaba una sensación de haber aprovechado el día, de estar creciendo un poquito cada día.

La teoría es importante y el curso puede abrir nuevas puertas profesionales, pero esa sensación de la que os hablaba es lo que más valoro, pues las experiencias vitales como ésta son las que llenan de sentido la vida, son las imágenes que con el paso de los años recordaremos con una sonrisa en la cara.

Gerard Martín Milà participó el verano pasado en el curso de cooperación sobre el terreno en Guatemala y El Salvador.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Checkpoint



El checkpoint ilustra claramente la cotidianeidad en la ocupación de los territorios palestinos: una jaula de hierro en la que la espera por cruzar al otro lado, dentro incluso de los propios territorios palestinos, puede llevar horas, en el caso de que este tránsito sea autorizado. Si bien se queda en un tópico, no está muy alejada de la realidad la definición de los territorios palestinos como un 'inmenso campo de concentración'. El camino hacia el trabajo, la escuela, la visita a familiares y, en definitiva, el traslado a cualquier lugar al otro lado del puesto de control se ve sometida a una arbitrariedad que más allá de no garantizar seguridad alguna impide la consolidación de una rutina, la posibilidad de una vida normal. La ocupación supone un esfuerzo sistemático para dificultar la vida de los palestinos, dividiendo en territorio en centenares de núcleos separados fácilmente controlables por el ejército invasor. Como refleja el filósofo Slavoj Zizek, “aunque la ocupación israelí de Cisjordania es en última instancia aplicada por las fuerzas armadas, es en realidad una “ocupación por la burocracia, cuya forma básica son los formularios de solicitud, títulos de propiedad, certificados de residencia y toda otra clase de permisos”. En gran medida, buena parte de estos permisos son denegados. El resultado: un fracaso del escenario creado tras los acuerdos de Oslo y un tiempo en el que en gran medida se han dinamitado las condiciones en Cisjordania para algún día llegar a convertirse en un territorio autónomo y soberano.

A lo largo del curso de cooperación sobre el terreno pudimos vivir a pequeña escala las diferencias en la forma de vida dentro de este verdadero apartheid. Por ejemplo, vimos las carreteras para palestinos y las carreteras para colonos. Las diferencias en su conservación y en su trazado y, lo que es más, la misma existencia de rutas separadas resultan inconcebible. Mientras viajábamos en nuestro pequeño autobús, conducido por un palestino de Jerusalén y con placa israelí, nunca tuvimos un problema en cruzar por controles y carreteras; apenas unas palabras bastaban. Durante nuestro tiempo libre, viajando en transporte público, la toma de contacto resulta radicalmente distinta. Al llegar al checkpoint de Qalandia, donde está tomada esta fotografía, es imperativo bajarse del coche, caminar a lo largo de una fila inmensa, que es un trámite lento y someterse al control de equipaje y a la revisión de pasaporte con desdén. Una compañera de los siete miembros del grupo queda retenida, sin motivo aparente. Media hora más tarde, después de que el resto del grupo permaneciéramos dentro del recinto presionando, nos permiten marchar. Ningún tipo de explicación, ningún tipo de base. Después, retomamos el viaje en autobús. Resultado: la duración de un recorrido que en condiciones normales podría salvarse en menos de 20 minutos resulta incalculable.

David Prieto participó en el curso de cooperación sobre el terreno en Palestina e Israel.