miércoles, 5 de octubre de 2011

Checkpoint



El checkpoint ilustra claramente la cotidianeidad en la ocupación de los territorios palestinos: una jaula de hierro en la que la espera por cruzar al otro lado, dentro incluso de los propios territorios palestinos, puede llevar horas, en el caso de que este tránsito sea autorizado. Si bien se queda en un tópico, no está muy alejada de la realidad la definición de los territorios palestinos como un 'inmenso campo de concentración'. El camino hacia el trabajo, la escuela, la visita a familiares y, en definitiva, el traslado a cualquier lugar al otro lado del puesto de control se ve sometida a una arbitrariedad que más allá de no garantizar seguridad alguna impide la consolidación de una rutina, la posibilidad de una vida normal. La ocupación supone un esfuerzo sistemático para dificultar la vida de los palestinos, dividiendo en territorio en centenares de núcleos separados fácilmente controlables por el ejército invasor. Como refleja el filósofo Slavoj Zizek, “aunque la ocupación israelí de Cisjordania es en última instancia aplicada por las fuerzas armadas, es en realidad una “ocupación por la burocracia, cuya forma básica son los formularios de solicitud, títulos de propiedad, certificados de residencia y toda otra clase de permisos”. En gran medida, buena parte de estos permisos son denegados. El resultado: un fracaso del escenario creado tras los acuerdos de Oslo y un tiempo en el que en gran medida se han dinamitado las condiciones en Cisjordania para algún día llegar a convertirse en un territorio autónomo y soberano.

A lo largo del curso de cooperación sobre el terreno pudimos vivir a pequeña escala las diferencias en la forma de vida dentro de este verdadero apartheid. Por ejemplo, vimos las carreteras para palestinos y las carreteras para colonos. Las diferencias en su conservación y en su trazado y, lo que es más, la misma existencia de rutas separadas resultan inconcebible. Mientras viajábamos en nuestro pequeño autobús, conducido por un palestino de Jerusalén y con placa israelí, nunca tuvimos un problema en cruzar por controles y carreteras; apenas unas palabras bastaban. Durante nuestro tiempo libre, viajando en transporte público, la toma de contacto resulta radicalmente distinta. Al llegar al checkpoint de Qalandia, donde está tomada esta fotografía, es imperativo bajarse del coche, caminar a lo largo de una fila inmensa, que es un trámite lento y someterse al control de equipaje y a la revisión de pasaporte con desdén. Una compañera de los siete miembros del grupo queda retenida, sin motivo aparente. Media hora más tarde, después de que el resto del grupo permaneciéramos dentro del recinto presionando, nos permiten marchar. Ningún tipo de explicación, ningún tipo de base. Después, retomamos el viaje en autobús. Resultado: la duración de un recorrido que en condiciones normales podría salvarse en menos de 20 minutos resulta incalculable.

David Prieto participó en el curso de cooperación sobre el terreno en Palestina e Israel.