lunes, 19 de septiembre de 2011

Pinceladas de un viaje lleno de experiencias

Llevaba años dándole vueltas a la cabeza sin llegar a decidirme. Finalmente este verano me animé a probar y elegí Senegal. A primera vista es posible que no fuera la mejor época para ir, en plena estación de lluvias y Ramadán. Sin embargo en cuanto salimos del aeropuerto de Dakar, respiré el aire sofocante y me sumergí en el bullicioso ambiente que todo lo envolvía, supe que iba a ser una experiencia inolvidable.

En la capital permanecimos tres días. Suficiente para conocer de primera mano el caos que inunda siempre a una ciudad grande y populosa. A medida que nos alejábamos del Plateau en pleno centro, hacia los barrios periféricos, los altos edificios de hoteles y oficinas daban paso a verdaderas barriadas mucho más humildes y desordenadas, formadas en gran medida por familias llegadas con sueños de prosperar desde las zonas rurales.

En coche por uno de los barrios de la periferia de Dakar

Desde Dakar y a pocas millas de la costa se encuentra la isla de Gorée, conocida fundamentalmente por ser durante más de 300 años uno de tantos puntos de salida de esclavos negros hacia el continente americano, como moneda de cambio dentro del tristemente famoso comercio triangular. Pensé que con una carta de presentación semejante esta gente tendría todo el derecho del mundo de recibirnos con una actitud ciertamente hostil. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. El recuerdo que me queda de los senegaleses es el de gente amable y por lo general con una amplia sonrisa en la cara.

El grueso del curso lo realizamos en la región natural de la Casamance, al sur y aislada geográficamente del resto del país. Aquí las condiciones climáticas y la fertilidad de la tierra hacen que esta bella región sea conocida como el granero de Senegal. Sin embargo las cosas en esta zona no van tan bien como cabría esperar. Aunque de baja intensidad, persiste desde hace más de 25 años un conflicto armado contra el Gobierno senegalés, motivado en parte por la marginación y abandono al que ha tenido sometida a la población de esta región, cuya etnia principal, diola, es distinta a la del mayor núcleo étnico del país, los wolof.

Las infraestructuras son muy básicas y los servicios mínimos. Comparándola con la Dakar que acabamos de conocer, da la sensación de estar en otro país mucho más modesto y atrasado. Se produce además una gran contradicción y es que los campos abandonados por las minas dejadas por militares y rebeldes, las intrusiones marinas durante estaciones secas insólitamente prolongadas y sobre todo la importación de alimentos subvencionados a precios muy bajos han propiciado que, a pesar de tener llanuras inmensas dedicadas al cultivo del arroz, sea necesario importarlo, principalmente desde Tailandia y Vietnam, para alimento de la población.

Mujeres trabajando en los arrozales -Casamance



Administrativamente la Casamance comprende tres regiones. Nosotros teníamos la “base de operaciones” en la de Ziguinchor. Concretamente nuestro alojamiento, casi diría nuestro “hogar”, durante toda esta aventura se encontraba en el campamento de Emanaye en la pequeña población de Oussouye, con comodidades las justas pero sobrado de hospitalidad y buena comida. Desde esta nuestra segunda casa, visitamos algunos de los proyectos que ACPP desarrolla en la región.

En la ciudad de Ziguinchor, se está rehabilitando un importante centro de salud “Silence” con multitud de pabellones y que atiende a un gran porcentaje de población. De esta visita tengo grabados en la memoria los rostros de tristeza y resignación de los enfermos del pabellón de VIH/SIDA y tuberculosis. Recuerdo sin embargo que me llamó la atención no escuchar ni quejidos ni lamentos. Quizás en el “primer mundo” estamos mucho menos acostumbrados al dolor y muchas veces protestamos por cualquier tontería o quizás aquí están demasiado habituados al sufrimiento.


“Sala de torturas del dentista” en el Hospital Silence -pendiente de rehabilitar



Otro de los proyectos que visitamos consistía en la recuperación de un terreno agrícola que había sido abandonado durante el conflicto. Ahora, mujeres de etnias distintas lo gestionarían y trabajarían codo con codo para que esas huertas dieran sus frutos. En teoría deberá servir como una herramienta más que ayude a pacificar la zona a la vez que empodera a la mujer haciéndola más independiente y autosuficiente. Una vez más el papel de la mujer es clave en un proyecto de desarrollo.

Una de las experiencias más inolvidables que recuerdo se produjo por casualidad. Hacía cincuenta años que en Oussouye no se realizaba un rito de iniciación. Y tuvimos la gran suerte de estar allí justo en plena celebración. Algunas noches se podían escuchar los cánticos de cientos de hombres a pocos centenares de metros de nuestro campamento, en el bosque sagrado en el que llevaban ya más de dos meses sin salir y al que sólo ellos podían acceder. Tuvimos todavía más suerte cuando pudimos verlos salir de ese bosque en una especie de procesión, jaleados por toda la población de Oussouye que había abandonado sus tareas para animarles con cánticos y sonidos de instrumentos improvisados.


Regresando al bosque sagrado –rito de iniciación en Oussouye

Hay muchas más experiencias, muchas de ellas nuevas para mí, que podría contar. Personas que he conocido, historias ajenas que haces propias, lugares y paisajes espléndidos, sabores y olores nuevos, momentos de alegría, de reflexión, de inquietud. Ha sido un viaje intenso del que he vuelto con ideas renovadas y con una parte de mí que sin duda ha cambiado.

Pedro Cerrada, participante en el Curso de Cooperación Sobre el Terreno en Senegal, agosto de 2011.

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